1
Él llegó a tierra extranjera, la tierra de ella, con el anhelo de encender milagros y apagar desilusiones; cauteloso en sus emociones, pero caudaloso de ellas, se disponía a cambiar el mundo. Camino a su hotel planeaba la forma entendiendo que hacer una llamada telefónica sería el primer paso y, aunque él sabía cómo levitar sobre sus ideas, esperaba que todo confluya con calma, para un encuentro en la libertad del pensamiento y las calles de Bogotá.
Sonó el teléfono, una, dos veces más, ella no contestaba. Ya sabemos que a las mujeres hay que marcar por lo menos dos veces, para saber que no contestarán, pues la primera es la que se tardan en sacar el teléfono de la cartera, el bolsillo o entre el hilo y la prenda que vistan el día; la segunda timbrada tardará en contestar, dependiendo de quien la llame y lo que desee entregar junto a su voz.
Ella llegaba a casa de un día de trabajo muy convulsionado, el transporte y la zona se pone en caos cuando es viernes. Por fin logró percatarse de su teléfono, encontrando dos llamadas perdidas de un número que no registraba en su agenda, y decidió devolver la llamada, por lo que su voz no estaba preparada para la sorpresa.
Aló? – dijo ella. Hola, soy yo - respondió él; el silencio, por unos segundos, recorrió desde un extremo de la ciudad a la otra, cada casa en su camino fue invadida con la felicidad que dibujó ella en su sonrisa, las luces temblaron y hasta el viento sopló con ternura durante esos escasos segundos. Él prosiguió: estoy en Bogotá, acabo de llegar. Un grito profuso y extenso se soltó, ella se encontraba en conmoción y felicidad de poder verlo, decirle que había pensado en él, que esperaba ya mismo poder salir y escapar de todo, en la libertad del sentimiento y las calles de Bogotá.
Te llevaría a “Quiebra Canto” en este mismo momento – respondió ella; bailaríamos salsa. ¡No puedo creer que estés aquí!, salgamos, debemos vernos, y te lo digo así “we must” en inglés- continuó hablando, mientras sostenía una sonrisa y algún sobresalto en el corazón durante aquella llamada. Charlaron de las razones por las que él había llegado a Colombia, sin dejar que se descubriera que había intenciones latentes en el alma de cada uno.
2
Llega a la estación de “Jiménez” porque la del “museo del oro” tiene un bloqueo en este momento, pasas el túnel y sales por “la 13”, no tiene pierde; las instrucciones de ella eran claras, los escasos minutos para encontrarse apuraban los pasos y los latidos en el corazón de ambos.
Luego de casi una hora, él logra llegar al túnel de la estación, encontrando gente abarrotada que no le permitía llegar donde su instinto lo había empujado, a ella. Aquello parecía el hacinamiento de judíos en campos de concentración, con la custodia de unos tipos con chalecos verdes que llevaban la inscripción de “auxiliares”, adolescentes que recién entraban en edad de entender el cosmos, pero que vestían ya los gestos de rabia y poder, cual miembros de la Schutzstaffel. Le tomó mucho tiempo llegar y salir de aquella estación, la noche ya empujaba al sol hacia el oeste. Al encontrarse por fin en la libertad de la calle, miró alrededor y por fin, ondeando la mano con cierto nerviosismo, estaba ella; esperando bajo una lluvia ligera, con un abrigo negro cubriéndola hasta las rodillas, un paraguas asomando de su otra mano y una sonrisa, que quitaba el aliento a los transeúntes.
Se acercó a ella, se miraron a los ojos; ella dejo notar el primer gesto del latir imbatible en sus venas con una mirada tímida; mientras se entregaban un abrazo se fue generando energía estática, al punto de producir aquel ruido chirriante de chispas eléctricas, que no lograron notar, pues se daban un beso simple en la mejilla, cortés, sencillo, renunciando a impulsos, contrariados con la norma de la amistad.
¿A dónde vamos? - preguntó él; Ven y te enseño las calles, me encanta “La Candelaria”, aquí se confunden los aromas, las personas confluyen en una ritmo extraño de “libertad y libertad”- respondió ella, con una voz ya restablecida del saludo.
Caminaban lado a lado, él intentaba mirarla a los ojos; se cruzaba con un caminar torpe delante de ella, jugaba con las palabras, buscaba el tema para lograr involucrarla, lograr traerla a sus ojos con sus palabras y a su boca con su pensamiento. La mirada de ella era esquiva, errada; cuando alguna palabra asomaba entre sus labios, eran interjecciones que sólo hilaban el tema y prolongaban el recorrido. Luego de pasear por toda la calle séptima, al llegar a la Plaza Bolívar voltearon a la izquierda; ella le propuso tomar un café.
Ahí mismo podían encontrarse comidas del otro lado del pacifico o del atlántico; olores producidos por las cachimbas; personas persiguiendo personas; mujeres bellas con extraños peinados iban imponiendo ritos urbanos, con atuendos que promovían el balanceo de las caderas y mostraban ligeramente la piel entre la blusa y el pantalón. Gente, mucha gente alrededor, que reía, se enamoraba, vivía. La noche ya se había organizado en el cielo, con sus estrellas debidamente ordenadas, cual mesa en cena inglesa; algunas nubes que raudas se agolpaban provocando ventiscas húmedas con pequeñas gotas, lavando el gel en los cabellos y calmando la sed de las aceras.
3
A él le interesa atacar directo, ha aprendido que es la manera de entender los destinos y las miserias. La estrategia era clara, inundar sus ojos con su mirada, verla sonreír esperando el momento preciso para contraatacar con su sonrisa, en seguida lanzar una mirada de ingenio, luego una mirada perdida que termine posándose en sus labios, subir lentamente hasta sus ojos y perpetrar aquel bunker de inteligencia, logrando que ella libere al rehén, somatizándolo en el rubor de las mejillas. Debía ser preciso, correcto, sostener bien la batalla y provocar reacciones. Ella tenía otros planes en la cabeza, algunos que iban desde evitar sus ojos, atravesar el campo minado que él había tendido con su mirada, hasta buscar la retirada de toda la tropa de su cuerpo y su presencia.
Sentados, ella le cuenta de sus cosas, su día a día no ha promovido su buen humor, un extraño amor sucedió en aquellos días y ella siente que se ha equivocado, que no está en el lugar ni el momento correcto de su vida. Él sólo observaba sus muecas, su mirada esquiva, sus pocas gesticulaciones, sus ojos; está fascinado por su cabello y aquel lunar a veces imperceptible al lado de su sonrisa, y se decide a atacar: “De noche, todos las gatos son pardos” – comenta él, con aire de iluminado - pues en ciertas situaciones puedes sentirte confundida, pero estoy seguro que es la situación y la penumbra que te ata, pero eso ya pasará. Ella sonríe un poco admirada respondiendo - Sí, eso es, ahora entiendo a qué se refería mi mamá; sonrieron juntos, aunque ella tratara de esquivarle nuevamente la mirada.
Habían prolongado su charla más de lo que hubieran esperado, sin embargo, menos de lo que sus almas querían compartir. La noche comenzaba a adormecerse y él necesitaba volver al otro extremo de la ciudad; ven vamos a caminar – arreglándose el cabello y cerrándose la chaqueta ella ordenaba el siguiente paso - me acompañas y ahí cerca te queda para que regreses.
Pasearon juntos otro poco, ella le mostraba calles, bares, le contaba historias, “El Chorro de Quevedo” – dijo ella, mientras giraba a medias sobre su propio eje – aquí es quizás el sitio más bohemio de todo Bogotá. ¿Y dónde te gustaría que declaren tu amor por ti? – preguntó él; Pues aquí en algún lugar de “La Candelaria” o quizás en “Usaquén” – afirmó ella; Él pensó firmemente que debería invitarla ahí la próxima vez. Caminaron muy juntos, aunque ella no se dejaba llevar por la cercanía que él trataba de propiciar, sólo por su propia timidez.
Bien – ella afirmó – creo que aquí está bien, no te alejo más y por favor, me avisas cuando llegas, sólo me timbras y así quedaré tranquila. Él inmediatamente se colocó frente a ella y miró con la profundidad de un universo, sabía que debía hacer algo, su corazón palpitaba, daba tumbos, impulsaba sus manos, quería tocarla, sentirla; pero ella, ya quería dejarlo, tenía miedo mezclado con ira, estaba cargada de ideas sobre ella, sobre él y sobre aquél. Dulcemente colocó su mano derecha sobre él, se acercó y le daba un beso en la mejilla mientras le entregaba el abrazo de despedida.
4
- No llegaste el domingo que te invite al parque Simón Bolívar
- No, lo siento tenía tareas pendientes.
- ¿Cuándo te veré?
- Soy una niña que saldrá con un niño, jajaja. ¿Por cierto cómo estas con ella?
- Muy mal. Sabes, parece que sólo me quedo aquí hasta fin de mes, debo regresar.
- Yo me desocupo la próxima semana, y nos vemos.
Él revisaba algunas líneas de las conversaciones que habían sostenido tiempo atrás, a través de mensajería instantánea y decidió llamar. ¡Tú! – Ella reconoció su voz y sonrió como siempre al escuchar su voz - ¿Cómo te has sentido de nuevo en casa?; Es difícil regresar a un espacio sin mí – respondió él con ironía. Ella entendió la ironía como un juego que quería sostener - ¿Cómo así sin ti, te quedaste acá? ¿Dime dónde estas y te envío por correo?; Si se hubiera quedado algo de mí allá, te pediría que lo guardes y no que lo envíes – respondió él, con el atrevimiento de un tonto que estaba lejos, ante una mujer tan práctica.
Rieron mucho, la conversación implicaba muchos sentimientos; pero algo se debía escapar, algo se apresuraba sin sentido: Te confieso que yo te eché el ojo muy respetuosamente - dijo ella. Me lo hubieras echado de manera irrespetuosa, yo no me molestaba – él respondía, al tiempo que su ser cuadraba ideas, sucesos, gestos, acciones, sentimientos. Ella trataba de serenar sus manos, su voz - Nos acercamos, pero tú me dejaste de amiga. Tú fuiste quién me preguntaba sobre ella y siempre me hablabas de aquel muchacho – dijo él. Rieron, se sonrojaron y luego el silencio. Noche de confesiones – esgrimió ella; juntos rieron un poco.
¿Tú nunca descubriste el poema que te dije antes de ir a Bogotá? – Le dijo él, con una voz armada para la caza – Te lo leeré:
Me hubiera gustado verte más, cuando estuve allá. El corazón de ella daba pálpitos, su voz temblaba: pero fue mejor así y no te confundía. Yo hubiera dejado todo si hubieses llegado al parque Simón Bolívar – explicó él, y generó una pregunta – ¿Te imaginas donde estaríamos ahora?; pensando que deberían estar en Usaquén como a ella le hubiera gustado; Ella rió, se sonrojó, su mente y su cuerpo gozaba al imaginarse tendidos, produciendo esa misma electricidad estática con el roce de sus cuerpos desnudos, amándose con fe, contrastándose. Él entendió lo que ella estaba imaginando.
Por qué recién ahora – preguntó él. Y ella, con simpleza, respondió – La seguridad de la distancia; somos unos idiotas.
Comentarios
el amor deberia ser un cuento constante de hadas :D como lo hace tu escrito ♥